Los sentidos se agudizan y una parte de mí despierta.
Amo cuando puedo ver con las manos.
En la oscuridad, mis dedos se vuelven ojos antiguos, sabios, capaces de reconocer los objetos por su forma, por su temperatura, por la memoria que guardan en la piel.
No necesito luz. La yema de mis dedos recuerda lo que el cerebro alguna vez contempló, y el cuerpo, esa máquina milagrosa que somos, traduce el recuerdo en certeza.
El tacto es mi manera de mirar sin mirar, de practicar una escritura sensorial que conecta los sentidos con la memoria.
En la noche, puedo recorrer el contorno del mundo con los dedos, y entonces los sonidos tienen color, los aromas tienen textura, y la vida entera se me revela como un mapa secreto que solo se descifra desde el cuerpo.
Sería un don extraordinario —ver de ese modo siempre—, pero me basta con evocarlo aquí, en el territorio donde todo es posible: el papel.
El papel lo aguanta todo.
Aquí puedo inventar universos, despertar memorias o construir realidades que todavía no existen.
Puedo escribir sobre caballeros con armaduras o sobre un mundo futuro sin tecnología, donde los árboles vuelven a hablar y los humanos recuerdan que son parte del planeta.
Puedo escribir la sombra de la noche y darle luz.
Y cuando apago la lámpara y cierro los ojos, mis manos siguen viendo.
Tocan el aire, encuentran la hoja, reconocen el bolígrafo.
Los sentidos y la memoria despiertan, y una parte de mí —esa que escribe incluso cuando calla— se enciende.
Esa parte se llama Nel escritora:
la que ve con las manos, escucha con el alma y, desde la oscuridad, sigue encendiendo mundos.
Calgary, Sept. 21 3:58 am

“ Este texto es una invitación a ver con las manos, a recordar que la verdadera escritura sensorial nace del cuerpo, de la memoria y del alma que nunca deja de crear.”
Descubre también cómo la escritura se convierte en ritual en ‘Antes del primer verso’.