Donde la memoria y el deseo se entrelazan, la libertad susurra mi nombre.
¿Cuántas veces más voy a hablar de esto? Me repito como un conjuro gastado, como una plegaria que nunca recibe respuesta. Y sigo perdida. El otro día me encontré con una fotografía mía en el avión, enfundada en mi uniforme. Allí estaba yo: el rostro cansado, las ojeras profundas, pero los ojos vivos, chispeantes, como brasas encendidas. Me miré y recordé la dicha que sentía en aquellos días, la satisfacción de estar en el centro de la tormenta y aún así encontrar sentido en cada respiración que ayudaba a sostener. Esa nostalgia de volar aún me quema por dentro.
Extraño todo. Hasta el cansancio, hasta las horas infinitas donde la vida pendía de un hilo. Extraño la libertad de estar siempre en movimiento, viajando, explorando, llegando a lugares que parecían secretos de la tierra, mientras me pagaban por lo que otros apenas podían contemplar pagando fortunas. Extraño la diferencia que podía marcar entre la desesperanza y la esperanza, y, con honestidad desnuda, también extraño el peso de los cheques generosos que ahora se han vuelto un recuerdo cruel. Hoy, en medio de mis luchas financieras, se sienten como bofetadas del pasado. Ese es el dilema eterno: la pasión y la necesidad.
Me aterra pensar que nada volverá a encenderme así. Tengo mi empresa, clientes, pero el tedio me devora. El trabajo que hago para ellos me deja hueca, más secretaria que creadora, más mecanógrafa que artista. Y aunque la creatividad vive en mí como un río inquieto, la rutina ha construido represas que lo detienen. Con lo que amo —coser, pintar, escribir— sé que jamás volvería a alcanzar lo que ganaba antes. Y sin embargo, esas son las cosas que me devuelven aire, que me recuerdan que sigo viva.
Cuando me siento atrapada frente al escritorio, me levanto y camino, busco rostros, me dejo tocar por el viento, como si allí encontrara oxígeno. Pero en lo profundo sé que ese tiempo no produce dinero, y el reloj me recuerda la deuda de cada minuto. Lo mismo cuando tomo la aguja o el pincel: amo el acto, aunque mis manos aún sean torpes y mi aprendizaje lento. Pero esas horas no pagan las cuentas que se acumulan, amenazando con convertirse en cadenas.
Me debato entre la pasión y la necesidad, entre el deseo de crear y el deber de sobrevivir. Y en ese vaivén, la vida se escurre, como agua entre los dedos, como arena en un reloj de vidrio que nunca se detiene. Ese es mi campo de batalla: la supervivencia creativa, en la que el alma lucha por no apagarse.
Soy como un pájaro enjaulado que recuerda la vastedad del cielo: sé que mis alas fueron hechas para volar, pero sigo golpeando el mismo cristal, esperando que un día, de tanto insistir, el aire vuelva a ser mío. En cada intento, sigo escuchando el eco de mi vuelo perdido, convertido en esperanza, convertido en libertad interior.
Nel Duarte – Sept 08, 2025 – Calgary
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Gracias por leerme. Este vuelo perdido es también un recordatorio de que entre la nostalgia de volar y la supervivencia creativa , siempre queda una chispa de libertad interior.
Nel