Estábamos en un pueblo perdido de Colombia, abrazado por el mar Caribe, de esos que parecen suspendidos en el tiempo, con casas desmoronadas por la brisa salada y palmeras que susurran secretos a los caminantes solitarios. Había viajado con mi familia porque mi hermana y mis padres debían resolver un asunto burocrático, una escritura en la alcaldía que exigía nuestra presencia. Yo, con los papeles en la mano y el alma inquieta, decidí fugarme por un rato de la espera, llevándome a mi perro como único cómplice.
Mis pies me llevaron por calles de piedra y recuerdos, hasta que, sin proponérmelo, llegué a los portones de mi antigua universidad. Allí, como si lo hubiera convocado el destino o la memoria, apareció Óscar. Nos abrazamos con la urgencia de quienes se han amado en otras vidas y no saben cómo despedirse en esta. Nos dijimos todo lo que no pudimos decir a tiempo: cuánto nos amábamos, cuán imposible era nuestro amor. Y mientras nuestras palabras se enredaban como raíces, el cielo se desgarró y cayó una tormenta que parecía llorar con nosotros.
Debía regresar con mi familia, pero el deseo de quedarme a su lado era tan fuerte como la lluvia. Soñábamos, incluso bajo los truenos, con una casa junto al mar, una vida sencilla, solos los dos. Pero sabíamos que no. No era nuestro tiempo. Me alejé, arrastrando los pies, y él me siguió sin palabras.
El mar estaba desatado, y en el horizonte se formaban huracanes como bestias dormidas a punto de despertar. Caminé por la orilla, entre un pueblo abandonado y los ecos de otras vidas, mientras la lluvia me calaba los huesos. Óscar me alcanzó y me ofreció su mano. Entramos a una granja vacía donde nos refugiamos por un rato. Allí, entre el barro y el olor a madera mojada, nos abrazamos una vez más, como si ese instante pudiera salvarnos del olvido. Sentí su amor atravesarme, cálido y feroz, y aun así, sabíamos que no podíamos quedarnos. Había un deber mayor que el deseo: mi familia.
Corrí entre la oscuridad, guiada por él, hasta encontrar a los míos. Y allí nos despedimos. Fue un adiós con sabor a eternidad, de esos que uno carga en el pecho para siempre.
Mi padre estaba muy mal, su cuerpo ya no respondía como antes. Lo abracé, lo sostuve, y caminamos juntos, paso a paso, por la playa enfurecida, tratando de llegar al hotel. Pero de pronto, él se internó en el mar, como si quisiera fundirse con él.
Entonces apareció Alde, sereno, luminoso, como salido de un sueño. Me dijo sin emoción, pero con verdad:
—Tu padre quiere morir para salvarnos.
Cerré los ojos, y cuando los abrí, estaba en el cielo de los perros. Un lugar blanco, suave, lleno de colitas que se movían con alegría. Alvin y Gypsy corrían a mi alrededor, y entre ellos estaba Óscar, abrazando a su perro, ese que fue suyo desde cachorro. Me miró con ternura, como quien ya sabe el desenlace de la historia. Y luego, se desvaneció.
Mientras tanto, mi hermana curaba a nuestro padre con insulina y medicamentos. Él volvió a la vida poco a poco, como una vela que se resiste a apagarse.
Seguí caminando y encontré un lienzo gigantesco, del tamaño de una pared. No pensé: sólo tomé los acrílicos y dejé que las emociones hablaran. Pinté a Óscar, sus ojos llenos de melancolía, su sonrisa imposible. El cuadro se tiñó de azules: azul cielo, azul profundo, blanco como espuma. Era hermoso. Lo tomé en mis manos y seguí mi camino.
Alde apareció de nuevo, silencioso, protector. Lo abracé, con la certeza de que estaba a salvo, que era amada, que la tormenta podía rugir todo lo que quisiera, porque ya no tenía miedo. Sentía que Óscar, con su amor inmenso y su despedida, me había guiado hasta Alde, quien era mi destino. A veces, el amor no es el puerto donde anclamos, sino la brújula que nos lleva a donde realmente debemos estar.
Dec 27, 2024, 4:45 am Thornhill, ON Canada.
Como quisiera tener las palabras exactas para describir como me llevas, a través de tus palabras, a vivir cada letra escrita.
Gracias… leer esto me toca profundo.
Saber que mis palabras te llevan, que te hacen habitar cada letra, es el mayor regalo para quien escribe. A veces no hacen falta palabras exactas; sentirlo así ya lo dice todo. Gracias por estar y por leer con el corazón.