Aunque, decirlo en voz alta aún me estremece como si revelara un secreto milenario guardado en el fondo de un baúl de madera carcomida por el tiempo.
Desde pequeña, supe que las palabras eran peligrosas. En mi casa, aprendí que lo que sucede tras las puertas cerradas debe enterrarse en el silencio, como si fueran raíces de un árbol que no debe crecer. La comunicación era una danza delicada entre lo que se podía decir y lo que debía callarse, y casi siempre ganaba el silencio. Pero yo, rebelde de espíritu, encontré un refugio sagrado entre las páginas de un cuaderno. Mi cuarto se volvió templo, y mis escritos, oraciones. Comencé a escribir casi desde que tengo memoria, primero a escondidas, como una niña que esconde dulces debajo de la almohada, y luego, cuando recuperé la confianza en el acto íntimo de escribir solo para mí, volví a hacerlo con más fervor.
En mi adolescencia —esa etapa volcánica en que todo arde por dentro— la necesidad de mi madre por saber qué se agitaba en mi alma la llevó a leer uno de mis cuadernos. En su mente, aquello no era una traición, pero para mí lo fue. Lo fue porque convirtió mis confesiones más íntimas en armas. Me enfrentó, sentada en su cama, leyendo en voz alta mis dolores como si fueran delitos. Yo me quedé de pie, clavada al suelo, como una estatua de sal, viendo cómo se deshacía la confianza como se disuelven las cartas en el fuego. Y así, decidí no escribir más. Pero las palabras no se rinden tan fácilmente. Me salvaron entonces de nuevo, cuando inventé mi propio abecedario —uno que solo yo entendía— y volví a escribir, esta vez en un idioma secreto que ni siquiera el amor podía traicionar.
Cuando finalmente dejé ese hogar y el eco de mis emociones ya no podía ser silenciado, regresé a las letras del abecedario común. Curiosamente, empecé a escribir más en inglés que en español, como si ese idioma extranjero pudiera ofrecerme un nuevo escondite. Hoy, mientras escribo esto, me doy cuenta de que esa creencia ya no me pertenece. Fue útil, sí, pero ya no es verdad.
Cuando el pensamiento se agolpa, cuando el corazón late con una furia que no cabe en el pecho, yo escribo. Escribir es mi forma de no ahogarme.
Ahora, la vida —con su infinita ironía y su sabiduría lenta— me ha enseñado que para sanar, hay que hablar. Y más aún, hay que dejarse leer. Por eso estoy aquí, abriéndome, sin máscaras. Lo que jamás imaginé es que el mundo entero se enteraría de que soy escritora a través de una coautoría publicada por una editorial, y mucho menos que presentaría mis sentires en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2025.
Y no es un sueño, es real. Faltan quince días para el lanzamiento. Quince días para que el mundo lea lo que mi corazón escribe en silencio desde niña. ¿Tengo miedo? Sí. Tengo un terror tan grande que a veces no me deja dormir. Pero aquí estoy, escribiendo con las manos temblorosas, el alma desnuda y el corazón dispuesto. Porque ha llegado el momento de mostrarme.
Tuesday Abril 08, 20205 Calgary AB. 4:36 am