Un sueño donde la sombra vuelve a despertar.
Desperté con un nudo en la garganta, empapada de lágrimas que parecían provenir de un lugar más antiguo que mis propios recuerdos. Era como si la noche hubiera exprimido aquello que me negué a sentir durante años y lo hubiese depositado en mis manos, obligándome a escribirlo antes de que se disipara. Sentí, como tantas veces, que solo al narrarlo podría liberarme.
En el sueño volvía al colegio, pero no era un edificio real: era un templo hecho de ecos, un escenario donde se representaban los años más desolados de mi juventud. Sus corredores estaban llenos de sombras que tenían mi nombre, de risas que nunca me incluyeron, de silencios que me pesaron más que cualquier palabra cruel. Las personas que allí aparecían no eran exactamente las que fueron, sino sus fantasmas: portaban el mismo rostro, pero sus bordes parecían hechos de humo, como si el tiempo no hubiera logrado fijarlos del todo.
Sin embargo, yo entraba distinta.
Mi cuerpo brillaba, como si una luz cálida brotara desde mi pecho y se desplegara en torno a mí. En el centro del patio había un columpio absurdo, colgado de un gancho gigantesco clavado en el cielo, y yo me impulsaba en él sin miedo. Subía tan alto que las nubes me rozaban la piel. Había algo profundamente femenino en ese vuelo: no un coqueteo, sino la certeza de existir en plenitud. No escondía nada. No fingía nada. Era yo, simplemente yo, luminosa y sin excusas.
A medida que me balanceaba, las figuras del pasado se acercaban. Una mujer llevaba consigo un pequeño teatro ambulante, un retablo de madera desde el cual movía hilos invisibles, manipulando a marionetas que tenían nuestras voces. Durante años me sentí como una de esas marionetas: una voz sin cuerpo, una presencia sin derecho a opinar. Pero en el sueño pude verme a mí misma salir del escenario, cortar por fin los hilos y recuperar mi palabra.
Más allá, un grupo de antiguos compañeros danzaba sin peso, como si la alegría fuera una cuerda que los sostenía. Los vi sonreír con esa inocencia que jamás tuvieron conmigo, y aun así, algo en mí se abrió. Ya no buscaba su aprobación; era su energía la que buscaba acercarse a la mía. Por primera vez, yo era bienvenida sin tener que mendigar un espacio.
Entonces apareció la figura del hombre que alguna vez quise. Su presencia era suave, como el olor de un libro viejo que uno ha amado mucho. En el sueño no cargaba ninguna herida; era un recuerdo que se había lavado a sí mismo con el tiempo. Lo abracé con un cariño transparente, agradecida por la huella que dejó en mí. Ese momento fue un bálsamo, una tregua entre mi pasado y mi presente.
Y fue precisamente esa luz la que despertó a la sombra.
Porque los sueños, igual que la vida, tienen un modo perverso de convocar lo que más tememos.
De entre la multitud apareció la figura que más daño me hizo. No llegaba caminando: se deslizaba. Su cuerpo parecía humano, pero su esencia era de reptil. Llevaba la sonrisa torcida del que sabe que tiene poder, y en su mirada había un brillo frío, casi clínico. En la vida real me había paralizado; en el sueño, me armé.
Tenía una navaja que no era mía —símbolo de una rabia prestada, heredada, acumulada— y un bate metálico cubierto de espinas, como los pensamientos punzantes que acumulé durante años y nunca dije en voz alta. Me enfrenté a él con una valentía que no reconocía en mí. Lo acusé, lo expuse, lo señalé frente a todos. Lancé contra él cada verdad que durante tanto tiempo guardé en silencio.
Lo herí… o intenté herirlo.
Pero él no sangraba.
No sentía.
Era la encarnación misma de la impunidad.
Entonces se volteó contra mí. Creció. Su sombra se extendió como una serpiente que engulle a su presa. Sus palabras eran golpes: tergiversaba la historia, me culpaba, me devolvía la responsabilidad de su violencia como quien escupe veneno. Afirmaba que yo lo había buscado, que yo creé la oportunidad, que él nunca hizo nada más que leer mis deseos. Cada frase era una mutación nueva de su rostro, cada gesto un recordatorio de que algunos monstruos no necesitan justificar su existencia: solo la ejercen.
Huí.
Corrí desesperada, descalza, sintiendo el piso caliente del sueño quemarme los pies.
Aparecieron personas que me aman. Mi familia. Mi madre. Me rodearon sin tocarme, formando una barricada de autos, cuerpos y manos extendidas. Era una muralla humana, un círculo de protección que nunca tuve en la vida real. Me miraban con un amor abrumador, como si por fin entendieran la magnitud del dolor que había llevado sola.
Pero ni siquiera ese círculo lo detuvo.
El monstruo avanzó, abriéndose paso entre todos como si poseyera un poder antiguo. Nadie podía frenarlo. Llegó hasta mí, y dentro de ese santuario recién construido comenzó la batalla final. Yo golpeaba, pero él crecía. Yo gritaba, pero mi voz chocaba contra su cuerpo reptiliano y se desvanecía. Era como luchar contra un destino que se resiste a ser cambiado.
Cuando ya no tenía fuerzas, apareció otra mujer. Sus manos temblaban, pero su mirada estaba llena de un odio que yo reconocí al instante. Me dijo que él había destruido a su hija, que la había dejado rota para siempre. Sus palabras eran cuchillas más afiladas que la navaja que yo llevaba. Caminamos juntas hacia él, dos mujeres unidas por la misma herida, dispuestas a terminar lo que nunca pudimos enfrentar despiertas.
Pero al llegar, ya no era un hombre.
Se había convertido en una criatura mitológica: cuerpo de serpiente, torso humano, ojos tan antiguos como el miedo. Movía su cola con la elegancia siniestra de quien sabe que domina el terreno.
Y aun entre dos, aun con toda la rabia acumulada de nuestros años de silencio… volvió a ganar. Y nosotras quedamos allí, exhaustas, con la certeza de que la batalla continuaría en otro sueño, en otra memoria, en otro despertar.
Nel.
Calgary, Nov 19, 2025 4:36 am
Lee también: El eco de mi poder perdido.
Acá estamos, rodeándote con amor!!!! Te amo
Gracias… de verdad
Sentir ese amor rodeándome es un regalo inmenso. Aquí lo recibo, con el corazón abierto. Te amo.
Confieso que después de leer: “Un sueño donde la sombra vuelve a despertar” , me he quedé pensando un rato…
En mis sueños me encuentro con muchas cosas que no he querido ver… esas sombras que creo que todos escondemos. Espero que si te dejo pensando es porque algo en el tema te tocó. Gracias por leerlo y por tu comentario. Nel.
Gracias por leerlo con tanta presencia. Ese texto no busca respuestas rápidas, sino justamente eso: quedarse un rato resonando. Me alegra saber que te acompañó en ese espacio.
¡Qué valiente tu voz, Nel! Ese fuego no es castigo; es la prueba de tu fuerza. Míralo así:
Si es trauma: Tu alma te empuja a la liberación final. Ya eres la luz que corta los hilos de la víctima. ¡Sigue escribiendo tu victoria!
Si es batalla astral: Estás confrontando a seres reales. Eres la un Guerrera Astral que no ha medido su poder. Reconoce tu brillo, canaliza esa rabia, y enséñale a esas entidades que has despertado para vencer y enseñar a vencer. La batalla sigue así no lo recuerdes.
¡Amo lo que dices! Por eso escribo, porque ahora sí reconozco mi brillo. ¡Gracias por leerme!