La noche siempre tuvo algo de sagrado para mí. Con todas sus sombras, me reveló una verdad que aún conservo: no todo lo que está vivo respira, y no todo lo que muere se va.
Mientras otros niños se escondían bajo las sábanas temiendo a la oscuridad, yo la recibía como a una vieja amiga que siempre vuelve, aunque nadie la invite. Me gustaba su manera de hablar sin palabras, su forma de extenderse por los rincones con ese manto de sombra que todo lo cubre, y su lealtad para guardar secretos que ni la luz podría comprender.
La oscuridad no me asustaba; me abrazaba. Y en ese abrazo silencioso, algo se abría dentro de mí.
Primero llegaron las luces.
Pequeñas chispas suspendidas en el aire, como si las estrellas hubieran decidido descansar un rato en mi habitación. Algunas se deslizaban suavemente por el techo, otras flotaban inmóviles junto a mis libros o se posaban sobre el marco de la puerta. No tenían forma, pero no la necesitaban. Eran como pensamientos luminosos, fragmentos de cielo que encontraban consuelo cerca de mí.
Después vinieron las siluetas.
Pero esa es otra historia. Una que pertenece a la frontera entre el sueño y la vigilia, donde los misterios de la noche aún susurran su lenguaje secreto…
— Nel Duarte ✨
Porque a veces, la oscuridad no es ausencia de luz, sino el espacio donde nacen todas las respuestas.