No sé por qué vuelvo a escribirte. Tal vez porque algunas heridas no saben cerrarse, solo aprender a respirar. He aprendido a vivir sin ti, o al menos eso me digo cada mañana cuando amanezco sin tu abrazo. Últimamente ha sido más llevadero. Tu ausencia sigue aquí, como un eco persistente, pero ya no duele con la furia de antes. El sábado volví a llorarte. Fue breve. Algo, quizás una mirada o un aroma, me llevó de vuelta a uno de esos momentos nuestros —tan nuestros que no caben en ningún otro cuerpo—, y las lágrimas vinieron sin pedir permiso.
Paso los días con Doña Teresa. Hoy fuimos a la playa. Siempre que me habla de ti, lo hace con una ternura que me desarma: te nombra con tanta estima, con tanta nostalgia, como si evocarte fuera una manera de acercarte al mundo otra vez. Y yo solo la escucho, porque si ella supiera que cada vez que pronuncia tu nombre, otro pedacito de mi corazón astillado se rinde, se callaría.
Me cansé de esperar. De contar los minutos entre los mensajes que no llegan. Por eso he dejado de escribirte. Quiero enseñarle a mi corazón a deshabitarte. Pero no sé si pueda. Porque aunque pienso que necesito olvidarte, la verdad es que no quiero. No quiero olvidar lo que siento por ti. Solo quiero que mi corazón deje de dolerte.
Anoche, otra vez, intenté calmar mi cuerpo con el recuerdo de ti. Me acaricié, como si mis manos pudieran revivirte. Pero no pude seguir. No era placer, era nostalgia. Solo podía pensar en nosotros. En cada encuentro, en cada suspiro, en cada sonrisa postorgásmica que me arrancabas con tu simple existencia. Mi sexo te extraña. Pero lo que más duele es que mi alma también.
A veces hago algo en casa —algo sencillo, cotidiano— y te recuerdo, y sonrío. Tu memoria aún me ilumina. Doña Teresa dice que mi rostro se transforma cuando hablo de ti. Y quizás tenga razón, quizás aún me habitas en los gestos.
Nuestras canciones siguen siendo un castigo dulce. El otro día, en casa de Marta, sonó una de esas que solías cantarme, y tuve que pedir que la cambiaran. Era como si el recuerdo me golpeara justo en el centro del pecho, donde solo tú sabías habitar. Duele. Duele tu partida. Duele no saber de ti. Duele el hueco donde debería estar tu abrazo.
A veces me convenzo de que pronto sabré de ti, y eso me llena de miedo. Miedo de no saber cómo sobrevivirme si te vuelvo a ver. ¿Cómo resistir otro adiós después de tocarte otra vez? ¿Cómo abrazarte sabiendo que una vez más tendré que soltarte?
Estoy cansada. Cansada de mirar el celular esperando un “buenos días” que no llega. Porque en esas dos palabras yo encontraba la prueba irrefutable de que, aunque fuera por un instante fugaz, pensabas en mí.
Odio esta esperanza. Esta maldita ilusión de que en cualquier momento vas a aparecer. Mi mente me juega juegos crueles. Me dice que no te importo, que lo nuestro fue pasajero para ti. Pero mi razón intenta defenderte: quizás estás en un lugar donde no puedes comunicarte. Y luego vuelvo a caer, sabiendo que esa explicación es solo el refugio de esta esperanza terca.
El viernes viajo . Y solo quiero verte. Me imagino sentada contigo, tomando café, como dos viejos amantes planeando un futuro que nunca existirá. Porque lo sabemos, tú no eres para mí, y yo no soy para ti. Y aun así, me enamoré. A pesar de todo. Me tragué nuestras reglas: sin compromisos, sin sexo, sin amor. Qué ironía. Me enamoré en el “solo pasarla bien”.
El viernes también dejo atrás nuestro apartamento. Tu silla. Nuestra cama. Tu jabón en la ducha. Las risas flotando como fantasmas entre las paredes. Es el principio del adiós. Pero aún no quiero soltar tu nombre.
Gato. Gatubelo. Gatolín.
Este saltamontes te ama.
Regresa a mí.
Diciembre 7, 2015 Willemstand, Curacao