Aceptar el propio reflejo sin dejar de temblar
Aceptación. Qué palabra tan extraña, tan esquiva, como un pájaro que se posa apenas un instante y huye antes de que pueda atraparlo. Cada vez que me miro en el espejo, no encuentro solo un cuerpo: descubro un archivo de memorias, un libro abierto en cuyas páginas se han escrito, con tinta indeleble, dolores y tormentas.
La mujer que imagino en mi mente no es la misma que me devuelve el cristal. Esa disonancia me duele como una grieta en el alma. Quisiera tender un puente entre ambas imágenes, reconciliarlas, fundirlas en un solo reflejo que no me traicione. Pero me frena el miedo, ese animal salvaje que me acecha: miedo a fracasar, a escuchar de nuevo la sentencia cruel que me repite: “no eres capaz”. Esa voz no vive afuera, sino en lo más hondo de mí, y a veces suena más fuerte que cualquier palabra de amor.
Alguna vez alguien me dijo que las intenciones claras se miden en los resultados. Desde entonces me pregunto si mi intención es lo bastante fuerte, si lo que deseo está verdaderamente definido o si solo me escondo tras excusas. Porque este miedo, disfrazado de pereza, se ha vuelto una cadena invisible que me impide dar siquiera un paso.
A veces sospecho que mi cuerpo es solo un refugio donde me escondo de mí misma, una casa cómoda con ventanas cerradas al mundo. Pero sé ,lo sé con la misma certeza con que respiro, que ya he escapado de otras prisiones invisibles, y que también puedo huir de esta.
Quizá la aceptación no se aprenda en la quietud, sino en el movimiento. Tal vez no consista en comprenderlo todo, sino en avanzar aún con el corazón temblando. Aceptar podría ser caminar con las rodillas desnudas sobre la tierra húmeda, cargar el miedo como quien carga un niño dormido, y seguir de todas formas.
Porque aceptar no es rendirse: es abrir la ventana al viento, dejar que entre con sus ráfagas de duda y polvo, y decidir que, aunque me despeine y me derrumbe los papeles, ese viento también me enseña a respirar.
Nel Duarte
Whitehorse -March 12, 2024