No sé en qué rincón del tiempo me quedé.
Tal vez escondida detrás del armario, donde solía guardar los secretos que no sabía nombrar. O quizás aún deambulo en las sombras de mis sueños, recogiendo los pedazos de dignidad que me arrebataste con manos sucias y palabras vacías.
Han pasado años. Pero hay heridas que no respetan el calendario.
A veces, en sueño , el eco de tu voz vuelve a mi garganta como un susurro envenenado.
Me brota del pecho un grito que no envejece:
¡Hijo de puta! Me rompiste.
No tenía espadas ni escudos. Era solo una niña queriendo existir sin ser devorada.
Y tú, miserable, me convertiste en una burla. En una muñeca rota. En un cuerpo del que te apropiaste sin permiso, sin alma, sin vergüenza.
Te odio.
No lo digo con ligereza.
Esa palabra, tan árida, tan áspera, se me enreda en la lengua porque no me gusta pronunciarla. Pero es la única que hace justicia al abismo que dejaste.
Te odio con las entrañas.
Con cada pedazo que quedó de mí después del naufragio.
Y lo más absurdo —lo más desgarrador— es que aún hay una parte de mí que espera que estés bien. Que no hayas pagado tu deuda con la inocencia de otra criatura.
A veces rezo, no por ti, sino por ella. Por esa hija que tal vez tengas, para que nunca se cruce con monstruos disfrazados de hombres.
Pero no, no quiero perdonarte.
No me lo pidas.
No mereces mi ternura, ni mi compasión, ni que te mire con los ojos limpios del alma.
Porque el dolor que sembraste echó raíces profundas, y a veces me florece en el pecho como un jardín de espinas.
Y sí, sé lo que dicen los sabios y los libros: que el odio es una jaula donde uno mismo se encierra. Que hay que soltar para sanar.
Lo sé.
Pero no se puede soltar algo que todavía te aprieta el cuello.
Así que empiezo por lo único que sí está en mis manos:
Perdonarme a mí.
Perdonarme por callar.
Por creer que era mi culpa.
Por cada día en que me miré al espejo y pensé que algo en mí merecía el castigo.
Por cada vez que deseé poder demostrarte que era más fuerte que tú.
Porque en el fondo, sí… hubo una batalla.
Una competencia muda.
Yo quería verte caer, sentir que te arrodillabas ante la fuerza que creí tener.
Pero tú elegiste otra forma de vencerme.
Una cobarde.
Una irreversible.
Me robaste el poder. Y aún hoy, cada vez que sueño contigo, no puedo moverme. No puedo gritar. No puedo vengarme.
Porque en algún rincón todavía creo que ganaste.
Y eso me consume.
Pero ya no quiero seguir siendo tu víctima, ni siquiera en mis pensamientos.
Quiero quedarme con la memoria, no con la herida.
Quiero recordar sin temblar.
Quiero poder decir tu nombre sin envenenar mi boca.
Quiero caminar sin arrastrar tus sombras.
Por eso, ahora, cada día, me siento a conversar con esa niña que se escondió detrás del armario.
Le digo que no fue su culpa.
Que era suficiente tal como era.
Y que, aunque el mundo se haya desmoronado, ella sigue aquí.
Con el corazón maltrecho, sí, pero latiendo.
Y así, poco a poco…
estoy aprendiendo a perdonarme.
March 05, 2025 Calgary, Alberta