El eco de lo que callé
La rabia arde en el pecho como un carbón encendido. A veces creo que podría quedarme a vivir allí, en ese fuego silencioso que todo lo consume, en ese calor que devora; y otras veces pienso que podría hacer lo de siempre: tragarlo, callar, dejar que se pudra dentro hasta que se confunda con mi respiración.
Pero ya no quiero seguir callando. Quisiera gritarlo tan alto que hasta los planetas se detuvieran a escucharme. Sacarlo de mí, arrancarlo como una espina que ya no me pertenece, liberarme de este peso que me arrastra a los mismos sueños una y otra vez.
He convivido con las pesadillas, con ese eco que me empuja hacia el dolor como si buscara más dolor. Me he castigado por lo que no fue culpa mía, he herido a quienes amo porque no sabía cómo dejar de herirme a mí misma. He usado mi cuerpo como campo de batalla para castigar el alma, creyendo que así pagaría por algo que jamás debí cargar.
En sueños me encuentro con rostros que juzgan, con sombras que se burlan, con el silencio que yo misma impuse para sobrevivir. Me veo frágil, pequeña, tan débil como me sentí entonces. Y cuando despierto, solo queda la rabia: un monstruo rojo, obstinado, que late dentro de mí y no me deja escapar.
He soltado tanto. He buscado la luz, he crecido, he intentado perdonarme. Y sin embargo, ese momento sigue vivo, como si se hubiera tatuado en mis huesos. No fue solo mi cuerpo el que fue invadido, fue mi alma la que se desgarró. Lo revivo en sueños, en destellos, en olores, en sonidos y sombras que se cuelan sin permiso.
Cada vez que mi mente lo recuerda, mi cuerpo lo vuelve a vivir. Y la rabia regresa, obstinada. Esa furia antigua que me lleva una y otra vez al pasado, al instante en que todo cambió y el tiempo se detuvo.
Han pasado años, décadas tal vez, pero hay tardes en que me parece seguir cruzando aquella puerta, como si el aire aún oliera a miedo, como si el televisor siguiera proyectando historias que nadie quiere volver a ver. Tal vez ese lugar ya no existe. Tal vez los que me hirieron ya partieron. Quizás solo quede esta rabia, la última llama encendida de una tarde que se niega a morir.
Y sin embargo, cuando cierro los ojos, siento que algo, una fuerza que aún no comprendo, me empuja a mirar el incendio de frente; quizá por eso mi alma me trae de vuelta.
Quizá por eso mi alma me trae de vuelta. Tal vez este fuego, este silencio que arde, no sea castigo, sino llamado. Como si el alma supiera, con una sabiduría más antigua que el dolor, que ha llegado el momento de soltarlo todo, de mirarlo todo sin temblar, de convertir las cenizas en voz.
Porque incluso el silencio, cuando arde, puede volverse luz.
Nel Duarte.
Calgary, Nov 09 2025 6:18 am
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Excelente narrativa. Escrita con el alma. Felicidades Nel, porque escribir es una forma de sanar, seguir y resignificar.
¡Gracias, Marcela! Es todo un honor saber que con toda tu experiencia y caminar en este maravilloso mundo, veas en mis escritos sanacion uy catarsis!
Te amo grande, tan grande como eres y por todas tus letras grandes…
Gracias…
Recibo ese amor grande con humildad y gratitud. Mis letras existen porque hay corazones como el tuyo que las sostienen.
Que bueno exteriorizar se esta manera, porque te quitas peso de encima y nos regalas una hermosa pieza de poesía. Gracias Nel!
Gracias a ti por leer con tanta sensibilidad.
Escribir así es una forma de soltar peso, sí… y saber que del otro lado alguien lo recibe con el corazón hace que todo tenga sentido.
Dejas plasmado el dolor inmenso de tu alma, con este escrito, donde gritas y sacas ese dolor, con tu forma hermosa de expresar tus sentimientos poco a poco se cerrará la puerta y no volverás a vivir el pasado, te sentirás libre por fin!!!. Hija te amo y acompaño desde mi corazón y mis entrañas.
Gracias, Mimita!
Tus palabras me sostienen más de lo que imaginas. Este escribir es justamente eso: gritar, soltar, atravesar el dolor para no quedarme atrapada en él. Saber que me acompañas desde tu corazón y tus entrañas me da una fuerza inmensa. Te amo.