Amor con cuatro patas que me enseñó a vivir y ahora me enseña a dejar ir.
Aquí hablo del duelo, una sombra silenciosa que se instala cuando lo amado se nos escapa. Ese vacío invisible que no se llena con nada, que solo lo perdido sabe ocupar.
Y no hablo únicamente de quienes han alcanzado el otro lado, ese territorio sin mapas que olvidamos al nacer, pero que reconocemos en lo más hondo del alma.
Hablo también de las pérdidas pequeñas y grandes: de las posesiones que se fueron con un descuido, de los amores que se hicieron trizas, de los sueños que jamás encontraron su hora, de las carcajadas compartidas que ya no volverán a rebotar en las paredes.
Hablo de momentos de magia pura y que ahora viven encerrados en el pasado, de memorias que se niegan a repetirse, como si temieran profanar su propio misterio.
Hablo de la ausencia.
De la falta.
Del vacío que se vuelve compañero de mesa y guardián de las noches.
Hoy extraño una voz que ya no me nombra, un calor que dejó de abrazarme, un aroma que aún flota en algún rincón de mi memoria, deshilachándose con el paso del tiempo, como una tela vieja que resiste, pero sabe que un día dejará de existir.
A veces, en medio del silencio, creo escuchar ese timbre único, esa forma tan tuya de nombrarme, como si cada letra hubiera sido cincelada con paciencia para mí. Pero cuando vuelvo el rostro, solo encuentro el aire inmóvil, ese que no devuelve nada.
El calor que se ha ido no es solo el de tu cuerpo, sino el de tu presencia: la certeza de que estabas allí, incluso en la distancia, como un faro que no titubea. Hoy, en cambio, camino en penumbra, tanteando las paredes invisibles de una casa que ya no reconozco.
Y el aroma… ese aroma que fue tu firma invisible en mi vida. Llega como una ráfaga inesperada, me detiene, me rompe un instante… y se desvanece antes de que pueda atraparlo.
Así es la ausencia: se cuela por los poros, se enreda en los recuerdos, y se instala donde antes vivía la certeza. No grita, no golpea; apenas susurra, pero con una constancia que hiere más que cualquier estruendo.
Y entonces entiendo que el duelo no es una herida que sana, sino una habitación que uno aprende a habitar. Una casa donde siempre hay una silla vacía, un eco que responde cuando llamas, y una ventana que se abre sola para dejar entrar, de vez en cuando, el fantasma de lo que fue.
Nel Duarte
Aug 13, 2025 Calgary
Dedicado a Maxi