Encontrar una hoja en blanco es como adentrarse en un laberinto de silencios, un territorio virgen donde cada rincón espera ser descubierto con la misma reverencia con la que se acaricia el rostro dormido de un amante. La ausencia de palabras no es vacío, sino posibilidad; un abismo palpitante, ansioso por ser colmado de tinta y de sueños. La tinta, húmeda y lánguida, tímida aún en su espera, no es más que un espectro sin alma, una promesa inerte, hasta que mis manos —torpes a veces, otras veces poseídas por una urgencia divina— le insuflan vida. La visten de colores, de ritmos, de emociones que brotan desde un lugar donde la memoria y la fantasía se abrazan, sin saber ya cuál es cuál.
Cada palabra nace como un susurro del corazón, domado apenas por la razón, que se impacienta con lo intangible pero que termina rindiéndose ante la música secreta del lenguaje. Guiada por la lógica, sí, pero también por los caprichos indomables de la lengua, que a veces se resiste y otras veces se entrega dócil como un río manso en primavera. Escribir, entonces, no es simplemente juntar letras; es un ritual, una ceremonia íntima y ancestral. Es tan sencillo y a la vez tan colosal como abrir una ventana al infinito. En esa rendija de luz se cuela la imaginación, salvaje y libre, que se desborda como un torrente sin cauce, derramándose por entre los márgenes del papel, sin amarras, sin normas que la aten a la gris monotonía de los días.
Escribir es recordar lo que nunca sucedió y sin embargo se siente tan real. Es inventar la nostalgia de un lugar que no existe, llorar por un personaje que nunca respiró más allá de mi mente, amar con la intensidad de quien sabe que solo en las palabras puede hallar redención. Y en ese instante sagrado, esa comunión con el lenguaje, el mundo exterior se disuelve, se diluye en un murmullo lejano que ya no importa. La realidad, con sus ruidos y urgencias, se torna efímera y distante. Y el alma, la mía, quizás también la tuya, se refugia en la poesía, en ese rincón tibio donde todo es posible y nada duele demasiado.
Pero basta un soplo del azar, un sonido inoportuno, una distracción mínima —una puerta que se cierra, el ladrido de un perro, el recuerdo de una factura sin pagar—, para que el hechizo se rompa. Y los versos, esos frágiles milagros, como mariposas asustadas, emprenden el vuelo antes de ser atrapados por el papel. Se disuelven en la vastedad del olvido, como si nunca hubiesen existido. Y entonces, una vuelve a empezar. Vuelve a sentarse frente a la hoja en blanco, con el corazón palpitando y la esperanza intacta, como quien se enamora por primera vez, otra vez.
Nel Duarte Marzo 18, 2025 Calgary, AB. Canada